ORÍGENES AFRO: LA SANTERÍA CUBANA (ORISHAS)
El término “santería” fue acuñado por los españoles para denigrar lo que a ellos les parecía una excesiva devoción a los santos por parte de sus esclavos, que de este modo no comprendían el papel principal de Dios en la religión católica.
Esta actitud nació de una imposición forzada por los esclavistas: la prohibición tajante, bajo pena de muerte, de practicar sus propias religiones animistas traídas con ellos desde África occidental los obligó a encontrar una solución para eludir esta prohibición, es decir, ocultar, en el verdadero sentido de la palabra, detrás de la iconografía católica a sus Dioses para poder adorarlos libremente sin incurrir en la crueldad del opresor.
De este modo los dominadores españoles pensaron que los esclavos, como buenos cristianos, estaban rezando a los santos cuando en realidad estaban de hecho conservando sus creencias tradicionales. “Santería” es, o ha sido, un término despectivo.
Los practicantes a menudo prefieren otros nombres como Lukumí o Regla de Ocha. Las principales divinidades de la Santería cubana son de todos modos similares si no idénticas a las de las demás religiones afroamericanas.
Se trata de una especie de panteón donde sin embargo, además de las varias divinidades, se encuentran conceptos abstractos que demuestran un notable nivel de desarrollo religioso, filosófico y metafísico.
Por ejemplo la trilogía Olofi-Olordumare-Olorun que, simplificando, son el creador-la ley universal-la fuerza vital (una especie de Santísima Trinidad).
Son fuente del Aché, el don, la gracia, la energía espiritual. Para algunos no se trata de una trilogía, sino de un Dios único, por lo que la santería sería una religión monoteísta, y los restantes Orishas semidioses (seres humanos que en vida hicieron grandes cosas y una vez muertos fueron elevados al rango de divinidad) que personifican la naturaleza con función de mensajeros de la divinidad primordial.
Estos últimos (unos 400 en la religión original Yoruba, unos cuarenta en la Santería, de los cuales solo unos quince los conocidos por la mayoría de los fieles) recuerdan por el contrario bastante a la mitología griega con las varias divinidades antropomorfas en guerra, que se roban las compañeras, se vengan, violan, se alían y se protegen mutuamente. Los relatos mitológicos de estas divinidades, no pocas veces en contradicción entre sí, se llaman Pattakín.
La creación según las creencias yoruba
Dios omnipotente, Olofi, vivía en un espacio infinito, hecho solo de fuego, llamas y vapor densísimos.
Así era como Olofi quería el universo. Pero llegó el día en que se aburrió de la soledad y decidió que había llegado el momento de embellecer aquel paisaje tan sombrío y hostil.
Liberó su potencia para hacer descender agua a torrentes. Algunos elementos sólidos se opusieron a su ataque y así se formaron enormes simas en la roca: el océano vasto y misterioso donde reside Olokun.
En los puntos más accesibles tomó morada Yemayá, vibrante en sus colores, el azul y el plateado. Yemayá fue declarada madre universal, madre de los Orishas. De su vientre salieron la luna y las estrellas, el segundo paso de la creación. Olordumare, Obatalá, Olofi y Yemayá decidieron que el fuego, apagado en algunas zonas, y todavía fuerte en otras, fuera completamente absorbido por las entrañas de la tierra, a través del temido y venerado Aggayú Solá, representado por el volcán y por los misterios de las profundidades.
Mientras se apagaba el fuego, las cenizas se esparcieron por todas partes, formando la tierra, representada por Orichaoko, que les dio fuerza hasta el punto de permitir el nacimiento de los árboles, de los frutos y de las hierbas.
En los bosques merodeaba Osain, con su sabiduría antigua sobre las facultades médicas de las esencias y de las hierbas. Nacieron así también las ciénagas. De aquellas aguas estancadas se originaron las epidemias, personificadas por Babalú Ayé.
Yemayá la sabia, la generosa, madre de todo y de todos, decidió dar venas a la tierra y creó los ríos de agua dulce y potable, para que Olofi pudiera crear a los seres humanos. Fue así como nació Ochun.
Las dos se unieron en un abrazo de amistad que dio al mundo una inestimable riqueza. Olofi decidió retirarse y vivir lejos, detrás del sol, Olorun, y dejó como su representante y ejecutor de sus órdenes a Obatalá, el cual creó a los seres humanos. Pero comenzó un verdadero desastre.
Obatalá, tan puro, blanco y limpio comenzó a sufrir por las intemperancias de los hombres. Cansado de tanta suciedad, se elevó para vivir entre las nubes. Desde allí comenzó a observar el comportamiento de los hombres y se dio cuenta de que algo no iba bien. Olofi se había olvidado de crear la muerte.
Olokun es el misterio de los océanos. Es lo más inmenso y profundo que se pueda imaginar, una entidad tan extensa y misteriosa que la mente humana no logra concebirla ni hacer una representación de ella.
Olokun es, junto con Yemayá, el principio vital por excelencia, aquella de la que todo surge.
Precisamente en función de su inmensidad y de su impensabilidad, Olokun es el único Orisha del que no es posible hacer una representación material. Ningún ser humano puede ser poseído por Olokun porque su vastedad no podría jamás encerrarse en un cuerpo tan limitado. Se puede decir que Olokun es una entidad mística a la que los creyentes se dirigen con extremo temor y respeto.
Orishas
El aspecto folclórico de la Santería está estrechamente ligado al ritual.
Música y danza tienen un papel fundamental en prácticamente todos los ritos de la Regla y derivan directamente de la tradición Yoruba africana. Las danzas tienen como temas centrales los ritos de la posesión y del trance y la representación de las vidas y de las gestas de los varios Orishas, cada uno de los cuales se simboliza según una iconografía precisa.
La tradición de la danza ritual se trasladó luego también fuera de los rituales sagrados, codificada y en cierto sentido institucionalizada hasta convertirse en una expresión artística folclórica, pero no por ello vaciada de su significado originario.
La música que acompaña los rituales santeros está compuesta casi exclusivamente por bases rítmicas y melodías vocales en las que se alternan una voz dominante, llamada “diana” o “gallo”, y un coro.
Los instrumentos utilizados son tambores y percusiones llamados Batá, dotados de valor sagrado y custodiados celosamente junto con los demás objetos sagrados en las casas-templo, los Ilé Ochá, de los santeros y babalawos.
A cada Orisha y a cada ocasión ritual corresponden secuencias rítmicas y combinaciones de instrumentos específicas que acompañan el desarrollo de la ceremonia y desempeñan en ella una función central de llamada para los espíritus invocados y de ofrenda a los Orishas.
También la música ritual puede ejecutarse fuera de las ceremonias, como expresión artística folclórica y, recientemente, en Cuba han surgido diversas instituciones que tienen el objetivo de recuperar y mantener viva la tradición musical Yoruba.
Además de los muchísimos grupos folclóricos que operan en el país, dos celebérrimos intérpretes de los cantos Yoruba (además de santeros de fama) son Lázaro Ros y Mercedita Valdés.
La danza igualmente se inspira en los ritos de origen Yoruba. Cada santo tiene un movimiento característico que lo distingue de los demás.
El régimen cubano considera estas expresiones artísticas un patrimonio cultural de la nación y las ha elevado por tanto a nivel académico, revalorizando su importancia también por una cuestión política.
La santería representa de hecho un válido instrumento de contraposición al catolicismo. Gracias a ello se han hecho famosos en el mundo grupos de canto y danza folclóricos, como el “Conjunto Folklórico Nacional”, “Los Muñequitos de Matanzas”, “Yoruba Andabo” y el compositor Lázaro Ros.
Algunos de los principales Orishas (santos) de la Santería cubana
Elegguá
Orisha protector de viajeros, es quien abre y cierra los caminos y encrucijadas, que cuando baila se parece a un niño travieso. Tiene las llaves del destino, abre y cierra la puerta a la desgracia o a la felicidad. Es la encrucijada de la que se ramifican los caminos de la vida. Es el mensajero de Olofin y el primero en todo. Debe ser saludado antes que todos los demás Orishas, es el primero en recibir las ofrendas (pero también el último, antes de la despedida), también los tambores comienzan por él y a él se le debe pedir el parecer antes de cada adivinación, porque protege los caminos de las consultas y de las respuestas. Catolicizado con San Antonio de Padua, con el español Niño de Atocha, pero también con el Ánima Sola. Su día es el lunes, pero muchos lo festejan también el tercer día de cada mes. Sus colores son el rojo y el negro. Es un Orisha mayor. Es el primero del grupo de los cuatro guerreros (Elegguá, Oggún, Ochosi y Osun). Infunde mucho temor porque tiene el control sobre muchas cosas y a menudo actúa por capricho. Puede ser despiadado si se le atraviesa el camino cuando está enfadado. Es también burlón y juguetón; puede volverse irreverente como un pilluelo, y es imprevisible, tal como el destino. Es el depositario del Ashé, es decir, del poder espiritual. Es también símbolo de los opuestos. Este Orisha, en los ritos de adivinación, habla y es representado a través de los números 3 y 21.
Oggún
Oggún es un Orisha temido por su carácter poco sociable y por la potencia de sus armas. Él es solo el arquetipo de las manifestaciones violentas ínsitas en la naturaleza humana. Su nombre significa guerra, destrucción, pero también medicina, espíritu bueno y malo. Nace de las entrañas de la tierra y su misión es la de guerrear siempre por todos los hombres, en la religión y en la vida, porque cometió la grave falta de abusar de su madre Yemma cuando Yemayá le enseñó el arte amatorio. Obatalá (su padre) no llegó a tiempo de maldecirlo, porque fue Oggún quien se condenó a sí mismo, lanzándose un anatema que le impediría dormir, durante el día y la noche, mientras el mundo fuera mundo. Se emborracha con el aguardiente, para olvidar. Según una antigua Patakí (leyenda), seducido y luego abandonado por la atractiva Oshún, la cual usó sus gracias con el único fin de devolverlo hacia los hombres, de los que se había apartado por disgusto. Está encargado de procurar el alimento a todos los Orishas. Tiene muchos contactos con los Eggun, los espíritus, y le gustan las brujerías. Hermano de Changó, violento y astuto, es el dios de los minerales, de las montañas, y del hierro en general. Oficialmente casado con Oya, ha perdido a su esposa que se ha convertido en fiel amante de Changó, con quien está en litigio perenne. En la tierra vive con Ochosi, al lado de la puerta de casa para que nada malo pueda entrar. Tiene numerosos caminos: desde el guerrero fuerte y bárbaro, hasta el campesino sedentario. Más cercano a la naturaleza humana que a la divina, este Orisha participa en todas las inquietudes y defectos terrenales, y es símbolo de lo cotidiano. Domina las llaves, las cadenas, la cárcel y el metal en general, desde el machete hasta los cañones. En el hombro lleva una bolsa atigrada adornada con muchas conchas. Se viste de verde y alrededor de la cintura tiene una faldilla de fibras de palma que protegen de los males de la vida. Su collar es de bolitas verdes y negras alternadas. Su baile es muy belicoso, con un machete en la mano, pero representa también el trabajo, de tipo agrícola o con yunque y martillo. Protege de la fiebre, de las intervenciones quirúrgicas y, en general, de todos los daños derivados de metales ferrosos y de accidentes con pérdida de sangre. Es el protector de herreros, mecánicos, ingenieros, físico-químicos y de los militares. Sus días son el martes, el miércoles y el cuatro de cada mes. Se sincretiza con San Pedro.
Yemayá
Madre de la vida y de los demás dioses. Esposa o, según las versiones, hija de Obatalá. Diosa del agua salada y por tanto del mar como fuente primordial de vida. Protectora de las parturientas, de pescadores y marineros. Su cólera es terrible, pero siempre actúa con justicia. Ama la buena compañía; es una buena madre, alegre y sanguínea. Su día es el sábado. Cuando una mujer está embarazada, hace las rogación y le reza a ella, para que la criatura nazca bien. En Yemayá nace el amor, no por casualidad se lo enseñó a todos los Orishas. Fue esposa de Babalú Ayé, de Agallú, de Orula y de Oggún. Quien está consagrado a ella no puede pronunciar su nombre antes de haber tocado tierra con las yemas de los dedos y besado en ellas la huella del polvo. Hay una campanilla específica para saludarla y para atraer su atención. Lleva siete brazaletes de plata y siete faldas como para representar los siete mares profundos y misteriosos. Su collar está hecho de cristales azules y viste una larga túnica del mismo color con serpentinas azules y blancas. En el baile se anuncia con una carcajada estruendosa y luego gira como las olas o los remolinos del océano. A veces rema, mientras otras parece que nada, pero siempre comienza despacio para aumentar la intensidad del ritmo como en el caso de las oleadas amenazadoras. Junto con Changó y Ochun está entre las preferidas de los cubanos. Corresponde a la Virgen María (Nuestra Señora de la Regla, patrona de la Bahía de La Habana).
Ochún u Oshún
Diosa del amor, de la belleza, de la feminidad y de los ríos. El equivalente femenino de Changó (del cual es amante). Protegida por Elegguá y Yemayá, amiga de Elegguá que la protege. Acompaña siempre a Yemayá. Vive en el río y asiste a las gestantes y a las parturientas. Se representa como una mulata bella, simpática, buena bailarina y siempre alegre. Es capaz de resolver, tanto como de provocar, disputas entre los Orishas y entre los hombres. Su color es el amarillo, pero se le atribuyen también el verde agua y los coralinos. Posee virtudes curativas que pone en práctica a través de sus aguas y de la miel, de la cual es la dueña. Su flor preferida es el girasol. Su día es el sábado. Catolicizada como la Virgen “de la Caridad del Cobre” (patrona de Cuba). Los colores de Ochun (cuya representación sincrética es la Virgen de la Caridad de Santiago) son el amarillo y el oro, su número es el 5. A ella pertenecen los pavos reales y otras aves de plumaje colorido. Ochun es en sustancia la representación de vanidad y narcisismo. Adora las fiestas y los bailes, las joyas y los adornos de todo tipo, sobre todo de oro.
Obatalá
Primero entre los Orishas. Es el santo vestido de blanco que protege, la mente, la cabeza. Olofi creó el universo, pero dio a Obatalá la tarea de organizar el mundo y de crear a la humanidad. Divinidad pura por excelencia, ama la paz y es misericordioso. Es el dios del pensamiento y de los sueños. No permite a nadie desnudarse en su presencia o pronunciar palabras injuriosas o vulgares. Es el único Orisha en tener tanto caminos masculinos como femeninos. Según su manifestación puede ser hombre o mujer, viejo y sabio o joven y guerrero. Catolicizado como la Virgen “de la Mercedes”.
Babalú Ayé
Babalú Ayé: Dios sanador de numerosas enfermedades venéreas, de la piel, de la lepra, del cólera, de las enfermedades en general, etc. Por esto está asociado a San Lázaro. Los colores son blanco y azul. Este en África era el santo principal y más venerado, en La Habana existe un santuario en su honor (Rincón), adonde acuden cada año el 17 de diciembre miles de enfermos. Es uno de los Orishas más invocados por los fieles en la Santería, pero también por los católicos cubanos. Es la divinidad que tiene que ver con las enfermedades del cuerpo, las epidemias, las mutilaciones. La representación de Babalú Ayé, de hecho, es la de un mendigo lisiado, cubierto de llagas, vestido solo con una pobrísima túnica blanca. Pero Babalú es también quien ayuda a quien sufre, el santo a quien todos piden la gracia de la curación y la ayuda en los estados de malestar físico, de problemas de salud propia o de personas queridas. Sus mensajeros son moscas y mosquitos, porque llevan por doquier las enfermedades. En el baile llega arrastrándose como un enfermo, envuelto sobre sí mismo y, solo en el final –tras haber simulado una especie de rito de “limpieza”.
Ochosi
Es el tercer miembro del grupo de Orishas denominado Guerreros y se entrega junto con Elegguá, Oggún y Osun, la flecha de la justicia, para proteger a quien recibe esta iniciación, para abrir y allanar su camino. Ochosi es un cazador que, para perseguir a sus presas explora territorios desconocidos e intransitables. En la jerarquía de los Orishas su papel es el de intermediario e intérprete para Obatalá, con quien está en estrecha relación. Sus colores son el azul y el amarillo, su representación material es la de un gallo y su colocación dentro de la casa de los iniciados es en un lugar elevado.
Oyá
Es la mujer preferida de Changó, la dueña del cementerio, es llamada también Iyánsá, que significa que es la madre que parió nueve hijos. Ella es la dueña del fuerte viento, como los huracanes y las trombas de aire. Es la oricha cuyo equivalente católico es la Virgen de la Candelaria (La Purificación de la Virgen), es decir, Santa Teresita de Jesús, y la Virgen del Carmen.
Yewá
Es un Orisha superior. Vive en el cementerio entre las tumbas y es responsable de entregar a Oya los cadáveres de los muertos. Estas son algunas de las divinidades mayores de la Santería. Hay luego una infinidad de menores. El sistema de creencias Yoruba incluye un dios omnipotente (Olódùmarè) y 401 Irúnmölè. Naturalmente no hay reglas unívocas sobre nombres, atributos y leyendas (patakkín de tradición oral catalogadas solo en el siglo XX). Los rituales varían según las escuelas litúrgicas (reglas).
La Regla Conga o Palo Monte
Esta expresión religiosa tiene su raíz en cultos religiosos de origen Bantú, un término con el que la etnología occidental reúne bajo un único nombre a la comunidad de los pueblos de África oriental, central y meridional que hablan la misma lengua en cualquiera de sus variantes. Conocida también como Mayombe, esta regla fue el resultado de la primera transición de creencias bantúes en la sociedad cubana.
En la regla Conga, en general, es característica la conexión con las fuerzas de la naturaleza, de las cuales algunos elementos, como la vegetación, se sienten animados por espíritus, donde se refugian como también en las profundidades de la tierra. Los antepasados están representados en el agua. El centro de la ceremonia en esta creencia es la Nganga, recipiente en el que se presume que está el alma de un muerto sometida a la voluntad del iniciado a través de un pacto que los nutre a ambos.






