Cultura e historia de los bailes

El mambo

Del folclore cubano al Palladium de Nueva York: historia del mambo, el más frenético de los bailes latinos convertido en leyenda por Perez Prado y Tito Puente.

El mambo

Mambo es el nombre de una divinidad cubana que ha sido identificada con el dios de la guerra.

Según algunos musicólogos, mambos equivale a “sacerdotisas”. Las hipótesis actualmente más acreditadas son dos: 1- El término pertenece al lenguaje ritual vudú de Haití (el mambo es esa particular música religiosa que permite, a través de la danza, conversar con las divinidades); 2- El término pertenece a un antiguo dialecto cubano denominado ñáñigo (mambo se usa para identificar tanto la música como el baile correspondiente).

El mambo nació de las ganas de los esclavos de “desatarse” en el verdadero sentido de la palabra: una vez libres de las cadenas, inventaron el más frenético de los bailes. Con las cadenas en los pies inventaron: el merengue, cuyo paso fundamental consistía en transferir el peso del cuerpo de un pie al otro, incluso permaneciendo en el mismo sitio; la rumba, que en su planteamiento original se basaba únicamente en los movimientos de oscilación de las caderas.

Cuando finalmente se liberaron de las cadenas, inventaron el mambo. En el plano coreográfico, el desprendimiento del son se produjo sobre la figura fundamental, que se puede considerar de base. El son tenía un ritmo más lento que el mambo: se bailaba con movimientos horizontales (hacia la derecha y hacia la izquierda).

Con la aceleración del ritmo que marcaba la evolución hacia el mambo, no era posible mantener la dirección horizontal de la figura sin perder en términos de armonía y equilibrio. Por este motivo los bailarines inventaron para el mambo el paso vertical (adelante y atrás).

Alrededor de 1940 se puede situar el nacimiento del baile con esas características que aún hoy lo hacen único y actual. La estructura del baile fue determinada por dos factores concomitantes: la evolución de los instrumentos musicales; la introducción de motivos sincopados en la parte final del danzón.

Con el paso del tiempo, el término mambo identificó inequívocamente un particular modo de bailar, referido específicamente al folclore popular cubano.

La danza se presentaba más bien como un contenedor rico en ideas tomadas del son y del danzón, mezcladas sobre ritmos frenéticos. La estructura flexible de la danza permitió su posterior enriquecimiento, a través de la asimilación de elementos africanos y de motivos pertenecientes a la cultura jazz. Oreste López en 1938 compone un danzón con un motivo marcadamente sincopado que bautiza “Mambo”.

Arsenio Rodríguez combinó elementos tomados del son de los orígenes con las músicas religiosas cubanas de derivación vudú, y creó un “danzón en nuevo ritmo”, enseguida denominado mambo. (Naturalmente, era un experimento). Antonio Arcaño (o Arcano) decidió apoyar el nuevo ritmo con el piano.

Dámaso Pérez Prado, nacido en Matanzas en 1922, considerado el verdadero padre del mambo, al escuchar y probar dicho ritmo, intuyó que de él podía nacer un nuevo género. Debutó en La Habana con la Orquesta del Casino de la Playa, apuntando a un mambo apoyado por la instrumentación más rica posible en aquel tiempo. A los treinta y dos años se trasladó a Nueva York, donde en poco tiempo fue coronado “Rey del mambo”.

La innovación musical del mambo fue la de hacer sonar los instrumentos de percusión en sincronía con el piano y los vientos, sobre acordes con escansiones rítmicas completamente diferentes de las que se usaban anteriormente. Las maracas, el bongó, el tambor y el güiro, unidos a la trompeta (que es el instrumento típico del jazz), dieron, en el plano estilístico, la mejor solución posible al asunto de las percusiones.

La difusión, en el mundo, de la música del mambo y de la danza correspondiente se debe a Celia Cruz, Frank Grillo, a Xavier Cugat y a Abbe Lane.

Tito Puente es uno de sus máximos representantes, junto a su compatriota portorriqueño Tito Rodríguez. El mambo es cubano porque fue concebido en Cuba, y porque Pérez Dámaso Prado es cubano.

El mambo es americano porque en Estados Unidos se hizo grande. El Palladium Ballroom, la sala más grande existente en el mundo en aquellos tiempos, hizo del mambo de Pérez Dámaso Prado el baile más hermoso y más amado de todos los tiempos.

Palladium: En los años 40 el local de baile más famoso de Nueva York era el Palladium, una enorme sala situada en Broadway, la mítica zona de los teatros y de la música.

Tras años de esplendor, el Palladium había tomado sin embargo el camino del ocaso, y un empresario americano, olfateando el cambio de los tiempos, intuyó que el mambo podía devolver al glorioso local los esplendores del pasado. La idea era interesante pero sin duda arriesgada, considerada la pésima fama de la que gozaba la comunidad latinoamericana. Dio vida, los domingos por la tarde, a las primeras matinés danzantes dedicadas a la música latina.

La comunidad latinoamericana respondió con entusiasmo al llamado de los organizadores, coloreando con su alegría el mágico Palladium. En el plazo de un año el Palladium quedó definitivamente consagrado a los ritmos caribeños.

Fue precisamente en aquellos años que el Palladium se impuso, junto a la Conga y al Copacabana, como uno de los templos más importantes de la música latina en Nueva York. Las primeras orquestas en compartir el escenario del Palladium con los Afrocubans de Machito fueron los Piccadilly Boys, del timbalero Tito Puente, y los Mambo Devils, dirigidos por el célebre cantante Tito Rodríguez.

Los duelos musicales entre los dos portorriqueños se volvieron míticos. Puente, gracias a su habilidad de timbalero, se ganó en aquellos años rugientes el merecido apelativo de el rey del timbal, mientras que Rodríguez, gracias a la versatilidad de su voz, se convirtió en el ídolo indiscutido de la comunidad latina.

Fue precisamente en el Palladium donde nacieron las primeras leyendas del baile latino: los Mambo Aces (un dúo formado por Anibal Vásquez y Joe “Tinani” Centeno), Ernie Ensley, Louis Maquina, Killer Joe Piro, Cuban Pete, Jo Jo Smith, Freddy Rios, Mike Ramos.

Ellos eran los líderes indiscutidos de este innovador baile que resentía muchísimo la influencia del swing, en particular del tap dance. Ya no nos encontrábamos ante un turbador baile de pareja, sino ante un verdadero desafío de virtuosismo que preveía para cada bailarín largos solos, basados en pasos articulados que serán bautizados mambo shines, con particular referencia a los zapatos siempre relucientes de los bailarines.

Ernie Ensley, famoso bailarín de mambo, recuerda: “En aquella época la pista de baile del Palladium estaba dividida en tres sectores: a la derecha estaban los bailarines inexpertos, en el centro los mediocres y a la izquierda los buenos.

Cuando alguien intentaba invadir el terreno que no le pertenecía era expulsado a fuerza de patadas y codazos.“ Con el tiempo, sin embargo, también los cuentos más bonitos terminan y así, en 1964, el mítico Palladium cierra sus puertas.

El ambiente se había degradado mucho y en los últimos años numerosos habían sido los incidentes y las peleas entre borrachos, hasta el punto de que incluso le habían retirado la licencia para la venta de bebidas de alta graduación.

Los propietarios del local decidieron así vender el inmueble y hoy nada queda de aquel glorioso local, cuyo recuerdo ha permanecido sin embargo indeleble en la historia de la música latina.

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